NACIONALISMO ECONÓMICO.

Siempre he identificado el nacionalismo con el sentimiento, en el sentido más íntimo del término. Con aquel concepto decimononico que impulsó a los italianos a enfrentarse a los austriacos al ritmo de la música de Verdi, o la necesidad vital y romántica de los polacos, los alemanes o los belgas de forjar una patría.  No es que esto justifique todos los nacionalismos, hablo de los pacíficos claro, pero les dota de un argumento difícil de rebatir porque el nacionalista, puede estar equivocado o no, pero te habla con el corazón.

Ahora Artur Mas recuerda ahora que por encima del corazón solemos guardarnos la cartera. Con los nacionalistas sentimentales no le basta para conseguir una Cataluña independiente así que se lanza a la aventura apelando al descontento económico. El estado no es sólo el culpable del menosprecio de la identidad catalana sino también el principal responsable de la crisis en la comunidad autónoma. Amén de que se pueda considerar una cortina de humo para ocultar una gestión nefasta, la irrupción del nacionalismo económico en la política española es nueva y, parece, que en poco tiempo puede tener más réditos que el nacionalismo tradicional en décadas.

Artur Mas reconoció sin ambages ante el genial Jordi Évole que convocaba un referéndum para ganarlo y que elegirá la fecha a su conveniencia. El político devora al gobernante. El objetivo de Mas, como presidente de la Generalitat, debería estar por encima de sus intereses partidistas, y no olvidar que es presidente de todos los catalanes, incluyendo a los no independentistas, de los que los hay incluso en su mismo partido.

En el caso de que el referéndum tuviese lugar, la pregunta debería ser muy simple: “¿Quiere usted que Cataluña sea un estado independiente?” esto sería lo serio y lo honrado, lo acorde con el sentido común, el seny, del que siempre han hecho gala los catalanes. Sin embargo Artur Mas, en un ejercicio de trilerismo político, propone otra: “¿Desea usted que Cataluña sea un estado dentro de la Unión Europea?”. La pregunta esconde trampas y es ambigua. Lo primero sería decidir qué tipo de estado; el Estado libre de Baviera, uno de los dieciséis de la República Federal Alemana, por ejemplo, o el estado plenamente independiente de Kosovo. Pero el despropósito radica en la segunda parte de la pregunta, porque Mas propone que los catalanes decidan sobre algo en lo que no tienen capacidad ninguna de decisión. Será la Unión Europea la que acepte o no a una Cataluña independiente, a no ser, claro, que Cataluña estuviese en la UE como un estado federado al resto de España.Lo grave es que todo el esfuerzo y la confrontación que va a causar este referéndum no servirá para nada a no ser que la pregunta sea clara y directa. Así que, ya puestos a dilapidar el proverbial seny, podría proponer otra: “¿Desea usted que Cataluña sea un estado dentro de la Unión Europea, con una selección de fútbol catalana, aunque el Barca siga jugando en la liga española y que se prohíba la venta a los turistas de carteles de toros en Las Ramblas?”.
El nacionalismo económico tiene estas cosas.
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CAPITANES INTRÉPIDOS

Las mujeres y los niños se pusieron a salvo mientras el capitán Schettino observaba desde la costa como el mar entraba en su barco.  Su honor se fue a pique en los primeros momentos del naufragio, lo único que conserva es la desvergüenza. Según declara se cayó accidentalmente en un bote de salvamento. No explica  si también llegó de esta forma al taxi con el que puso pies en polvorosa mientras los pasajeros escapaban del Concordia como podían. Ningún italiano, excepto Vittorio de Sica, ha sabido transformar así una tragedia en comedia.

El capitán Francesco Schettino

El capitán Francesco Schettino

Vivimos tiempos extraños. Si los banqueros son los primeros en ser rescatados, mientras los comedores sociales se empiezan a llenar con familias expulsadas de la clase media, por qué no han de tener ese privilegio los capitanes de barco.  Un amigo intentó justificar la actitud de Schettino como parte de la propia condición humana. No comparto su condescendencia, supongo que me estoy haciendo viejo e intolerante. Un capitán de barco es algo más que un hombre. Su palabra a bordo es la ley;  ejerce de navegante, de director de hotel, de policía y hasta de sacerdote.  Schettino tenía el orgullo de comandar el Concordia,  el barco más grande jamás construido en Italia.  Para este cometido, tanto la sangre fría como el valor  se le suponen.  Pero es que, además,  Schettino comenzó en la naviera como encargado de seguridad. Entre otras cosas, era el experto en coordinar salvamentos. Lo olvidó pronto.

Muy conradiano todo por cierto. James Burke, el protagonista de Lord Jim, la gran novela del escritor polaco, vivió atormentado durante toda su vida por un hecho similar. Burke se dirigía a la Meca con un pasaje de peregrinos pero los  abandonó, presa del pánico, en medio de una tormenta. Los pasajeros sobrevivieron y testificaron contra él.  Lord jim dedicó el resto de su vida a intentar expiar su culpa. La realidad supera la ficción. Schettino tendrá tiempo para meditar sobre su cobardía. Podrían caerle hasta 15 años de cárcel .

La figura del  Schettino recuerda a la de un compatriota suyo, el capitán Piccone, comandante del Sirio. El Sirio era un trasatlántico italiano que se hundió hace 105 años en las costas del Cabo de Palos, en Murcia. Se dirigía a Argentina cargado de emigrantes. En el naufragio fallecieron unas trescientas personas, pero muchas de ellas se podían haber salvado.  La historia de este desastre es apasionante. Hace unos años, junto a mis amigos José Antonio Trinidad y David Meléndez, contamos la tragedia de este Titanic español en un reportaje en el que mostrábamos sus restos sumergidos.

El capitán Piccone

El barco encalló en unos bajos por aproximarse demasiado a la costa.  Iba a ser el último viaje de su capitán, un viejo lobo de mar, embarcado desde los 17 años. Cuando el barco se estrelló contra las islas Hormigas, Giussepe Piccone descansaba en su camarote. El trasatlántico marchaba a toda máquina y el impacto hizo que se empotrase literalmente en los arrecifes. Piccone y sus oficiales ocuparon el primer bote que se lanzó al mar, la tripulación los siguientes. El pasaje, gente humilde que marchaba a hacer las américas, quedó abandonada a su suerte.

Se vivieron momentos terribles. Sin nadie que impusiera el orden, sin saber que hacer, familias enteras se lanzaron al mar. La mayoría de los emigrantes eran agricultores y  pocos de ellos sabían nadar. Se ahogaron víctimas del pánico porque, paradójicamente,  el barco no se hundió. Se mantuvo encallado durante días. Hubiera dado tiempo para poner a todos a salvo, pero el capitán y los oficiales estaban ya en el puerto, ajenos al drama. Los héroes de la jornada fueron los pescadores murcianos que salvaron con sus barcas a cientos de personas. El mar fue devolviendo, poco a poco, cuerpos a la costa.

Piccone, a pesar de los testimonios en contra, aseguró que fue el último en abandonar la nave. No reconoció su cobardía ni su culpa. Como Schettino se inventó excusas imposibles. Declaró que el rumbo del barco se desvió porque las minas de hierro del litoral murciano desorientaron la brújula.  Murió dos meses después en Génova,  quiero creer que de remordimiento.

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Muertos de hambre

Les tocó el peor de los lugares para nacer, el terreno más inhóspito para vivir y el momento menos oportuno para morir. Tienen mala suerte hasta para eso. Unicef acaba de anunciar que 190.000 niños somalíes fallecerán durante las próximas semanas si no se adoptan medidas urgentes. Son los casos más graves, pero hay otros trescientos mil, de edades comprendidas entre los seis meses y los cinco años, que sufren malnutrición aguda. No se me ocurre un país donde una intervención extranjera esté más justificada, ni una información más digna de ser tratada por los medios. Ni una cosa ni la otra. Somalia pasa de puntilllas por la agenda de las potencias mundiales y es una noticia residual para la mayoría de los medios de comunicación. La suerte de millones de familias está echada. No es demagogia. En los últimos tres meses ya han muerto 30.000 menores de cinco años. Es lo que hay.

El llamado primer mundo está en otra cosa. La jefa del Fondo Monetario Internacional augura una nueva recesión. Las bolsas caen, el paro sube, y parece ser que nos queda mucho túnel antes de que se vislumbre la luz.  La crisis  acapara todos los esfuerzos. Hay que reflotar bancos, renegociar deudas, consolidar divisas, controlar déficit… queda poco margen para ocuparse de doce millones de personas que esperan la muerte en los secarrales del Cuerno de África. En el panorama internacional, los esfuerzos de los occidentales se centran en el norte del continente. Los extensos campos petrolíferos de Libia sí que merecen un gran esfuerzo militar para impulsar la paz y una “supuesta” democracia.

Únicamente los medios de comunicación serían capaces de invertir la tendencia, de hacer visibles a centenares de miles de personas condenadas a muerte. Sin embargo los testimonios y las imágenes de la tragedia son escasos y casi siempre proceden de las ONGs destacadas en la zona. Somalia y sus desgraciados habitantes no interesan, no son noticia. Los mismos periódicos y televisiones que se volcaron el año pasado con el terremoto de Haiti, también en plena crisis económica mundial, dan ahora la espalda a los somalíes. El aluvión de periodistas que aterrizó en Puerto Príncipe tras el desastre, las centenares de horas de imágenes emitidas y las páginas y páginas de información escrita tuvieron una consecuencia muy clara: los gobiernos aportaron más de cinco mil millones de euros para reflotar el país.  Qué diferencia, son contados los equipos de prensa que se han desplazado hasta Somalia. Habría que preguntarse por qué no interesa. Hacía décadas que no se producía una hambruna semejante. En su lógica mercantil  los responsables de los medios no pueden argumentar que el público está saturado de niños famélicos y madres desoladas. Es cierto que el acceso al país es complicado, que los islamistas no reciben a los informadores con los brazos abiertos, pero para el periodismo comprometido eso nunca fue una excusa. Hay personas que deciden desde cómodos despachos qué merece la pena contar y qué no. Es un grupo pequeño y seguramente ninguno de ellos ha visto jamás a un niño morirse de hambre. Sonroja ver los minutos de pantalla que dedican al matrimonio de una anciana duquesa o a las maniobras sexuales de un bailaor en la playa; deprime saber el dinero que cobran colaboradores de tres al cuarto por diez minutos de decir sandeces mientras que no hay presupuesto para enviar un equipo de reporteros a África.

La peor sequía de los últimos sesenta años ha empobrecido aún más a un país paupérrimo. La ONU utiliza la frialdad de las estadísticas para definir una catástrofe.  El estado de hambruna implica que, en una zona, al menos un20 por ciento de población sufra una falta extrema de alimentos, que  más del 30 por ciento tenga malnutrición aguda y que  la tasa de mortalidad sea de más de 2 personas al día por cada 10.000 habitantes.  En Somalía fallecen cada día 7,4 de cada diez mil.  La población ha iniciado un éxodo hacia los campamentos de refugiados de la frontera keniata. El de Dadaab, por ejemplo, tiene capacidad para 90.000 personas pero en el se hacinan ya 370.000. El hambre, la sed y la violencia de los islamistas empuja a millares de familias somalíes a gastar sus últimas fuerzas en un viaje hacia los campos de ayuda. Lo suelen emprender las mujeres con su prole, los hombres se quedan para proteger sus exiguas posesiones o está combatiendo junto a alguna milicia. Lo poco que trasciende sobrecoge.  Cadáveres de niños que jalonan el camino. Madres  obligadas a abandonar a alguno de sus hijos para poder sacar adelante al resto. El horror. Cerramos los ojos ante la pesadilla para olvidarla pronto, pero están ahí, aunque sean unos muertos de hambre.

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El Desastre

(Pasé parte de mi infancia en Melilla, a mediados de los setenta se hablaba del “desastre de Annual”  en voz baja, todavía con temor…)

Los disparos habían cesado. La posición no podía aguantar más. El pozo de agua estaba fuera de los muros. Cada salida para abastecerse costaba media docena de hombres.  No había comida, ni municiones. Los barracones estaban atestados de heridos sin atender que se ahogaban bajo el terrible sol africano. Era el infierno incluso para los que habían escapado de el. Rendirse a la horda era la única alternativa. En Monte Arruit, a tan sólo 30 kilómetros de Melilla, se amontonaban, tras la huida,  los supervivientes de la columna del General Silvestre. Los restos de las tropas españolas encargadas de conquistar el Rif  se reducían a algo más de 3.000 hombres desesperados. El general Navarro negoció la rendición. Entregarían las armas a cambio de tener el camino libre hasta Melilla. Los hombres se colocaron en fila, abrieron las puertas del cuartel  de Monte Arruit y comenzaron a salir. Cuando estuvieron fuera, cientos de salvajes se lanzaron sobre ellos. Fue una escabechina. Tres mil españoles asesinados de las maneras más brutales posibles. Oficiales quemados vivos, soldados mutilados, castrados, degollados, torturados sin piedad.  Sólo respetaron a los jefes para pedir un rescate por ellos.  Los despojos insepultos del resto decoraron Monte Arruit durante dos años, hasta que España logró reconquistar la zona. Fue el macabro símbolo de una  tragedia nacional, el colofón del Desastre de Annual. Esta semana se cumplen 90 años.

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El general Silvestre, al mando de la expedición, tenía la misión de consolidar la ocupación española del Rif. Había prometido al jefe supremo del Ejercito, a su amigo Alfonso XIII  llegar a Alhucemas el día 25 de julio para celebrar la festividad de Santiago. “Olé los hombres”, respondió por telegrama el monarca. No hacían falta más órdenes.

Las tropas habían avanzado 130 kilómetros por un territorio absolutamente hostil: duras montañas, escasos caminos, sol, calor y sed. Sin embargo los rifeños no presentaron casi resistencia. Eran hombres duros, sin miedo y sin amo. Cada pastor era un guerrero. Amaban los fusiles , los caballos y el dinero sobre todas las cosas. Silvestre compró su lealtad con oro, pero, a cambio, no les pidió sus armas. El avance se jalonó con la construcción de más de 140 puestos fortificados. La mayoría eran blocaos que podían albergar a una compañía de soldados  pero también había campamentos más grandes con capacidad para varios centenares.   Annual ocupaba el extremo de la linea, el más lejano de Melilla. Estaba guarnecido por 3.000 hombres bajo el mando del propio general Silvestre.   Abdelkrim era el caudillo de los rifeños. Era el hijo del jefe de la cabila de los Beni Urriaguel y conocía bien a los españoles. Estudió en Salamanca, trabajó como periodista en el  “El telegrama del Rif”, de Melilla y fue funcionario en la Oficina de Asuntos Indígenas. Incluso, ironías del destino, había sido profesor de árabe del propio general Silvestre, al que calificó con sobresaliente. Abdelkrim se dio cuenta de que la fuerza de lo españoles se diluía en un rosario de posiciones aisladas, de que una cadena, por mucho que pesara,  era tan fuerte como su eslabón más débil. Además conocía los males de nuestro Ejército, compuesto por reclutas desmotivados, amedrentados por las historias que se contaban sobre los moros. Eran los hijos de las familias humildes, los que no disponían de mil duros para pagar a otro que les sustituyese en el servicio militar. Soldados calzados con alpargatas, mal instruidos y pobremente equipados en una guerra que no entendían y que sólo beneficiaba a un puñado de empresarios.

El 22 de julio estalló la tormenta. Igueriben era una posición avanzada formada por cinco casamatas y una empalizada. El comandante Benítez y sus 350 hombres llevaban cuatro días cercados por los moros. A pesar de encontrarse a tiro de cañón de Annual estaban aislados, no podían hacer aguadas ni recibir municiones. Desde el campamento base contemplaban impotentes su final.  El día 22, el mando de Annual recibió un mensaje de Benítez, les comunicaba que les quedaban doce disparos de cañón, que los contaran y que después disparasen sobre la posición puesto que los moros ya estarían dentro. Así fue.  Cuando Igueriben cayó los supervivientes saltaron los parapetos y huyeron en desbandada. No se realizó una retirada ordenada, escalonada, conteniendo al enemigo. Los soldados soltaron las armas y corrieron. Los rifeños apuntaban tranquilamente a sus espaldas. Los cazaron como a conejos.

Después le tocó el turno a Annual. El campamento era indefendible. Los militares españoles lo habían construido en un lugar batido desde todos los cerros colindantes. Una muestra más de la incompetencia y de la arrogancia con las que fue conducida la campaña. Sufrió el mismo destino de Igueriben pero a una escala diez veces mayor. El agua se acabó y no había lugar donde refugiarse del fuego. Se intentó una retirada pero los soldados abandonaron las protecciones presos del pánico. Los oficiales, los encargados de mantener la calma de la tropa y salvar sus pelllejos, los adelantaban en la fuga.  El general Silvestre no pudo cumplir su real promesa. Nadie supo como murió, se especula incluso que se saltó la tapa de los sesos ante el desastre. Todo el armamento pesado y el equipo fue abandonado. El resto es un horror indescriptible. Los soldados buscaban el camino de Melilla y los rifeños jugaban al tiro al blanco con ellos. Los oficiales se arrancaron las insignias para no ser reconocidos. El enemigo se enardeció.  Comenzaron arrebatando las armas a los huidos y estos se dejaron robar. Envalentonados, asesinaban impunemente a los soldados. En la masacre colaboraban las mujeres e incluso los niños de los poblados rifeños. Los hombres eran torturados ante los ojos de sus compañeros alimentando el pánico de los españoles. Nadie puso orden, se trataba de ganar la carrera hasta Melilla. Una  tarea imposible. Más de cien kilómetros de vuelta  por polvorientos valles, con las cumbres tomadas por los tiradores rifeños. El sol de julio fue testigo de la debacle de un ejército sin jefes, sin armas, sin comida, sin agua. Todas las posiciones cayeron una tras otra. Nunca se conocerán las cifras exactas de las víctimas. Puede que hubiera trece mil muertos, puede que más. ¿Cómo fue posible tal desastre?. Los rifeños capturaron 20.000 fusiles, 400 ametralladores, 130 cañones… incluso aviones.  No sabían utilizar todo lo incautado. Obligaron a los prisioneros a disparar la artillería española contra sus antiguos compañeros de armas. El campo se llenó de cadáveres. Se comentaba después con humor negro que los buitres sólo comían de comandante para arriba. No quedó muerto sin desvalijar, muela de oro sin arrancar. Aquello fue Jauja. Los pocos rifeños que tenían dudas acabaron rebelándose.

Ante tanta incapacidad y cobardía destacaron algunos actos de heroísmo. Se concedieron unas pocas laureadas y, sobre todo, se distinguió el escuadrón de caballería de Alcantará. Desde el principio se encargó de proteger la retirada. El teniente coronel Primo de Rivera cargó una y otra vez contra los moros. Sus hombres y sus caballos fueron cayendo. Al final, agotados, marchaban al paso contra el enemigo siendo un blanco fácil para lo rifles moros. De sus 691 jinetes murieron 471. Héroes sí, pero de otro tiempo.  En 1921 pocos países seguían empleando la caballería como arma de choque. Habían aprendido la lección de la Primera Guerra Mundial, nosotros no.  Media docena de carros de combate bien empleados hubiesen ahorrado miles de vidas y sufrimientos .

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Los enloquecidos fugitivos, los restos de un ejército de más de 20.000 hombres se refugiaron en  Monte Arruit.  De nada sirvió el intento de abastecer el campamento por aire con los aviones que despegaban desde Melilla. El fuego de los rifeños  impedía que las  provisiones y el agua en forma barras de hielo que lanzaban, cayese dentro del perímetro.  Los supervivientes habían burlado a la muerte en sus cien caras durante una marcha infernal. Ni la rendición iba a salvar sus vidas.

El 22 de julio se cumplen 90 años del inicio del Desastre de Annual.  Miles de españoles, sin distinción entre héroes y cobardes, fueron masacrados por incompetencia de sus dirigentes.  Su sacrificio fue estéril. Honrémosles al menos con nuestro recuerdo.

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849 metros

849 metros separan los corrales de Santo Domingo de la plaza de toros de Pamplona. Un recorrido eterno en el que los toros, sin capotes ni engaños por medio,  siempre ganan. Ningún corredor en su sano juicio hace la carrera completa. Los más experimentados eligen la estrecha y empinada cuesta de Santo Domingo para recibir a los morlacos, hay quien prefiere la plaza del Ayuntamiento o la calle Mercaderes, donde los espacios se ensanchan,  y muchos otros se reservan para la mítica recta final de Estafeta, la pasarela de la gloria para cualquier aficionado a los encierros.  Dicen que los toros se ven mejor desde la barrera. Sin duda, pero donde se sienten de verdad es en el callejón.  El recorrido se cierra  y se limpia una hora antes de que el cohete marque la salida de la manada.  Desde ese momento no hay marcha atrás. La policía impide que nadie abandone el recinto vallado hasta que el encierro comience. La suerte está echada, los nervios se agarran al estómago. Los corredores más sabios eligen su tramo, calientan las extremidades y hablan con otros veteranos. Van impolutos, frescos,  sin una gota de alcohol en la sangre. Cada mañana, a las ocho, comienza para ellos lo más jugoso de la fiesta. Apenas dura tres minutos pero hay que estar al cien por cien. Luego están los otros, los del montón, los que no saben  bien con lo que se van a encontrar.  A los diez minutos de espera les comienzan a asaltar las dudas y las preguntas: ¿qué coño hago yo aquí? A mí me pasó, lo reconozco.  Fue hace unos doce años, estaba con un amigo, Javichu.  Desdeñamos  Santo Domingo por ser un callejón largo, cuesta arriba y sin refugios y nos encaminamos charlando hacia la plaza. Al escuchar el cohete comenzamos un trotecillo cochiquero, apenas una carrerita acompañada de miradas cómplices y sonrisillas nerviosas. A los 30 segundos algunos corredores nos pasaron como una exhalación por derecha e izquierda. Miré hacia atrás y en la entrada de la plaza, a unos treinta metros, las cabezas de los toros emergían entre una barrera humana rojiblanca para volver a sumergirse. Las puntas de los cuernos se vislumbraban entre las siluetas de los corredores reivindicando su espacio.  Los lazos inquebrantables de amistad con mi colega, fortalecidos tras la noche de fiesta, se evaporaron súbitamente.  Cada uno por su lado.  Enfilé por Mercaderes. No recordaba la calle tan estrecha, me vi inmerso en el efecto túnel, las fachadas parecían curvarse sobre mí,  aunque al fondo no resplandeciera ninguna luz. Fueron unos segundos densos, largos. Sólo escuchaba mi propia respiración y mis reproches internos. Los sentía detrás pero no quería girar la cabeza. Pegado a las paredes de la derecha mi única salvación estaba en un portal. Los veía vacíos cinco o seis metros por delante,  pero cuando llegaba a su altura estaban ya abarrotados de mozos más rápidos y con tanto miedo como yo. Seguí corriendo.  Por un instante me asaltó el pánico de verme rodeado por la manada, pero de pronto, con la misma facilidad que se habían ocupado varios de los portales anteriores, encontré el siguiente vacío por arte de magia. Me refugié en allí como un naufrago se aferra a un madero.  El hueco era estrecho. Apreté la espalda contra el cierre metálico del comercio para hurtarle cualquier parte de mi anatomía a los toros.  Dejé de respirar y en segundos un grupo de bestias negras pasó por mi lado. Ni se detuvieron, ni se giraron. Ignoraron mi miedo y yo se lo agradecí como un Don Tancredo sin honor. Tras su paso asomé la cabeza, no tuve la presencia de ánimo de contar los toros y temía que alguno hubiera quedado rezagado. En su lugar me encontré de sopetón, apenas a dos metros, con los mansos. Las enormes bestias manchadas, con los cuernos como el manillar de una chooper, ocupaban la calle de izquierda a derecha, barriéndola como una carga de lanceros. Pegué de nuevo el culo contra la puerta, aunque esta vez mucho más tranquilo.  Después, poco a poco, pero todavía inmerso en la euforia,  recuperé la normalidad. La calle ya no era un túnel y los minutos volvían a tener 60 segundos.  Supongo que nunca habré secretado tanta adrenalina. Caminé los últimos de los 849 metros, impregnados todavía de un olor dulzón a toros y a establo. En la puerta de la plaza me encontré con mi colega.  Supongo que su lividez sería un reflejo de la mía. No dijimos nada. Nos fuimos a por unos churros.

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Enemy killed in action

Felipe González lo desveló hace unos meses. A finales de los ochenta o principios de los noventa tuvo a tiro a toda la plana mayor de ETA.  Los servicios secretos los habían localizado reunidos en una casa del sur de Francia. Eran años duros. ETA engrosaba su lista de víctimas semana a semana, entre sus planes inmediatos estaba boicotear la celebración de los Juegos Olímpicos de Barcelona 92. González pudo volar la casa por los aires con todos dentro, pero no lo hizo. Dos décadas después el ex presidente reconoce que no sabe si se equivocó o no.  Todavía se pregunta si aquella decisión suya pudo haber costado vidas inocentes.

El soldado de los Navy Seal del ejército estadounidense  que ha acabado con Bin Laden no lo dudó ni una décima de segundo. Había sido entrenado para ello. Su unidad está compuesta por máquinas perfectas de matar y, sobre todo, de obedecer órdenes. Desde hace diez años el saudí era el enemigo público número uno de su país. En los pasquines de búsqueda se leían dos palabras: vivo o muerto.  Se dejaba un amplio margen para aquellos cazarrecompensas que optaban a los 25 millones de euros, el precio de la venganza de una superpotencia. Seguramente el comando de élite tenía unas instrucciones mucho más claras. Los Seal se distinguen por disparar primero y hacer pocas preguntas. Tras descolgarse del helicóptero y forzar las entradas de la casa de Abottabad el soldado entró en el edificio buscando su objetivo. A través de los visores nocturnos las estancias se sucedían en distintos tonos verdosos como pantallas de un videojuego. Cuando encontró finalmente al hombre, buscó con su arma automática algún punto vital.  Como si fuese un entrenamiento mil veces repetido el puntero láser de su mirilla se posó sobre el ojo izquierdo del terrorista. Milésimas después lo sustituyó por una bala.  La Casa Blanca aseguró que la consigna era intentar capturarle vivo.  Nunca sabremos si el militar le ofreció realmente alguna posibilidad de rendición. Ahora aseguran que Bin Laden no iba armado. También se desmiente que  se protegiera con el cuerpo de una de sus esposas. Una actitud vil, seguramente  propia de un individuo como él, pero fruto de la imaginación.  Su mujer, por cierto, no está muerta, tan sólo herida en una pierna y lejos de ser un escudo humano defendió a su marido disparando contra los soldados americanos. Será difícil distinguir toda la verdad, despejar las dudas. Los vencedores siempre imponen su versión de la historia.  A lo mejor a la mayoría les importa bien poco si se trataba de una orden de captura o de una ejecución o que no se contara con la autorización de Pakistán.  La misión ha sido cumplida. El soldado se lo comunicó a su superior por radio: Gerónimo EKIA, enemy killed in action.

Pakistán Al Qaeda, Seals… Sur de Francia, ETA, GAL.. Nada es lo mismo, pero quizá todo sea igual. González asegura que rechazó dar la orden de liquidar a la cúpula de ETA. Mejor para nuestro estado de derecho y mejor para él.  Los medios de comunicación de la época se hubiesen cebado. Habrían pedido la caída de su gobierno y que se le juzgase  por cometer un crimen indigno de una democracia. Hoy dos décadas después la misma prensa se rinde ante la espectacularidad de otra noticia. Ha caído Bin Laden y, ahora sí, el fin justifica los medios. Ha muerto la bestia negra de Occidente y muchos periodistas  han sepultado en el mar, junto a él,  la labor de vigilancia que les toca desempeñar en una sociedad libre.

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La guarida del cuélebre.

Hay días grises que se asoman al calor del verano con los pies asentados todavía en el frío invierno. Espejismos del estío, mañanas que amanecen húmedas y que sorprenden después con cielos azules y tardes soleadas. No se puede confiar en la primavera, sus comienzos son engañosos. Tu reloj biológico presiente que el buen tiempo se ha instalado ya para quedarse y un frío chaparrón te cala hasta los huesos.  Cuando esto ocurre no hay mejor  paraguas que viajar con la mente.  Ahí tú pones las reglas. Yo suelo escaparme a lugares cálidos y acogedores donde el clima depende más de la imaginación que de las veleidosas isobaras.

Tampoco hace falta huir muy lejos. Hoy, mientras conducía desde el trabajo hasta casa, bajo la lluvia, me acordaba de Gulpiyuri. Es un lugar mágico y único. Una pequeña playa interior que recoge la esencia de Asturias: el mar y la montaña.  Todo el mundo cree saber donde está pero es difícil encontrarla. Es como si se ocultara y lograse esquivar las coordenadas de los GPS, como si los trasgus aprovechasen la noche para arrancar los carteles y despistar al visitante.  Así que a Gulpiyuri sólo te conducen las auténticas ganas de llegar a conocerla o la casualidad. No soy amigo de desvelar secretos. Sólo diré que desde una rotonda de la eterna e inacabada autopista del Cantábrico conviene tomar un modesto camino de tierra.  Tras avanzar unos metros,  el coche se vuelve un elemento extraño en el paraje. Es mejor aparcarlo junto a  la vereda y continuar a pie. El sendero atraviesa  prados y tierras de labor para, finalmente, desembocar en un paraíso diminuto. A ras del suelo no se ve nada.  Sólo campos verdes donde pace alguna vaca y un monte en el que triscan cabras despistadas. Pero si caminas un poco te encuentras de bruces con una depresión del terreno del tamaño de un campo de fútbol.  Estamos a cinco metros sobre el nivel del mar y éste se muestra abajo en su más ínfima expresión.  Olas, arena y acantilados. Un ecosistema diferente, comprimido e integrado en el paisaje. La playa, de apenas cincuenta metros,  es una media luna amarilla que reluce entre el verde dominante. El agua salada brota, como en un manantial, entre unas rocas grises.  Una cueva subterránea comunica la fuente con el mar abierto. El Cantábrico está apenas a cinco minutos andando pero desde Gulpiyuri no se ve.  El monte oculta el horizonte. Es una isla inversa, un trozo de mar azul rodeado de tierras verdes.

La playa es pequeña pero en ella rigen las mareas, como en cualquier otra. Así que es antes de la bajamar, el momento en el que el agua se retira casi por completo, cuando acude más gente. Hay veces en las que algún despistado se atreve a aparcar el coche en el prado colindante. En pocos minutos,  desde no se sabe donde, aparece un paisano con sombrero de paja y garrota  y se asoma a la playa: “El cocheeee, este coche…” Nadie mueve un paso.  Las malas pulgas y el bastón de aquel labriego no incitan a que el culpable confiese su pecado.  El hombre se va. Cuando se extinguen sus gritos,  la calma regresa a la playa. Puede que sea el dueño del prado pero, abajo, los bañistas del lugar saben quien es el verdadero guardián de Gulpiyuri.  Un sitio así merece un vigilante legendario. El nombre del cuélebre nunca se pronuncia alto, se surrurra. Nadie quiere que despierte en pleno día, ni que los guajes tengan malos sueños.  En el concejo de Llanes es de dominio público que el cuélebre, el mismo al que cantase Victor Manuel, descansa en aquella cueva, entre el mar abierto y la arena de la playa. Sólo sale durante la noche de San Bartolomé y si está de mal humor provoca tormentas y puede absorber las almas de los hombres como quien escancia un culín.  El resto del año reposa aletargado en el fondo de la gruta protegiendo su inmenso tesoro. Los más escépticos  piensan que este dragón con alas y pétreas escamas de pez es una criatura mitológica.  Aunque, eso sí, cuando el sol se esconde, en Gulpyuri sólo se bañan los trasgus y las xanas. Nunca se sabe.

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