Nuestros hijos de puta.

“Es un hijo de puta pero es nuestro hijo de puta”.  La frase se la atribuyen a Henry Kissinger. Fue un comentario que realizó, después de ayudar a  Pinochet en su golpe de estado, a un ligeramente escéptico presidente Nixon. Aunque también hay quien asegura que la pronunció Franklin Delano Roosevelt refiriéndose a Somoza.  Da igual, cualquier presidente estadounidense la podría haber suscrito si se trataba de neutralizar a su gran enemigo, el comunismo, en algún rincón del planeta.

En Europa nos gusta tirarnos de los pelos ante esta supuesta hipocresía yanqui. Cómo es posible que  Roosevelt, el creador de las Naciones Unidas o Kissinger, premio nobel de la paz,  sembraran dictadores por todo el mundo y los regasen con sangre inocente.  Pero nosotros, la vieja y sabia Europa, hacemos lo propio;  tenemos una gran colección de hijos de puta debajo de la cama. Son los nuestros, los que se pliegan a los  intereses occidentales, los que tiranizan a sus pueblos desde hace décadas y a los que incluso atribuimos un carácter democrático que no se cree nadie. Pero son el mal menor, el dique de contención que sujeta la marea integrista.

Los ciudadanos de los países árabes se rebelan, la mecha de las algaradas ha prendido en Túnez y en Egipto y amenaza convertir el norte de África en un polvorín. El tunecino Ben Alí ha caído después de permanecer veintitrés años gobernando.  Ben Alí vivió en Madrid durante unos meses, en plena transición española. No aprendió mucho de nuestro ejemplo, modificaba la Constitución tunecina a su antojo para perpetuarse en el poder. Pero puestos a ser pragmáticos, mientras en la vecina Argelia  las matanzas se sucedían día sí, día no y los integristas masacraban pueblos enteros,  Túnez era un lugar seguro donde los europeos pasábamos las vacaciones por cuatro duros.  Ahora Ben Alí y su corrupta familia,  su mujer se llevó una tonelada y media de oro del Banco Central, disfrutan en arabia Saudí de un lujoso exilio. Ninguno de sus amigos europeos ha querido prestarle asilo, ahora toca apoyar a los que entren.  Pero ¿qué pasará si los integristas logran su hueco tras unas elecciones limpias? Ya ocurrió en Argelia y el ejército intervino para apartar a los islamistas del poder. Parece que la democracia tiene difícil acomodo en los países árabes. No hay término medio, o los militares o los radicales islámicos, o todo ello a la vez como en el caso iraní.

Esta mañana, en Egipto,  más de un millón de personas han clamado por la caída del presidente. Hosni Mubarak lleva 30 años en el poder, ha sido y todavía es nuestro hombre en El Cairo. Estaba tan asentado que incluso preparaba a su hijo para sucederle.  Mubarak se formó como piloto de combate, pero ha pasado de guerrear contra los israelíes a ser el primer dirigente árabe en reconocer al estado judío, incluso se alió con las tropas occidentales durante la guerra contra Sadam Hussein.   Mubarak nunca ha sido un demócrata pero sí un eficaz guardián del Canal de Suez, llave del comercio mundial y un azote de los integristas. Las últimas elecciones fueron una burla en las que vapuleó a los  “hermanos musulmanes” Hoy les hemos visto vestidos de blanco manifestándose en El Cairo al grito de “sabremos morir por Egipto”. El mensaje es, sin duda, tranquilizador. ¿Alguién se los imagina gobernando un país de 80 millones de personas, líder del mundo árabe, con su petróleo, su turismo, su canal y su frontera con Israel? ¿Qué pasará si se va el bueno de Hosni y ganan éstos?

En la vecina libia Gaddafi lleva aferrado al poder ¡42 años! Ahora, después de haber coqueteado con todos los grupos terroristas imaginables ha evolucionado hacia un acercamiento con Occidente.  La corrupción en el país es palpable. Los hijos de Gadaffi controlan los resortes del poder, excepto Muhhamad a quien le atrae más el fútbol y las chicas, pero Saif al Islám está llamado a ser el sucesor. Europa calla. Hay razones poderosas, en España, por ejemplo,  uno de cada diez coches que circula lo hace con gasolina libia.

Pero a nosotros lo que no preocupa de verdad es lo que pueda pasar en Marruecos. Allí Mohamed VI combina tímidos esfuerzos reformistas con un enriquecimiento personal espectacular. Su retrato preside todas las casas, negocios, o espacios públicos del país.  La revista Forbes lo califica como uno de los reyes más ricos del mundo. Su fortuna asciende a unos 1.900 millones de euros y  sus empresas controlan el 6% de la riqueza del país. La renta per cápita de un marroquí es de 2.700 dólares, la de un español 35.000. La pobreza es el huerto donde se cultiva el islamismo y el odio. En 2003 murieron 42 personas en el atentado de la Casa de España en Casablanca. Se inmolaron 13 suicidas, 11 de ellos procedían de Sidi Mumen.  Sidi Mumenn es un inmenso suburbio donde ningún taxista te quiere llevar, donde la omnipresente presencia de la policía real se difumina. Es un pintoresco paraje de chabolas, miseria, largas barbas, miradas esquivas y mezquitas. Muchas mezquitas de uralita  que llamaban a la oración desde un megáfono atornillado en el maltrecho minarete, en el fondo, el único lugar donde ir. Es el feudo de “Justicia y desarrollo”  los integristas marroquíes. La calle donde vivían los terroristas era una lengua de barro e inmundicias flanqueada por viviendas de madera y cartón. El fango te trepaba por los tobillos  sin que le importase demasiado a las bandadas de niños descalzos que jugaban al fútbol y a las gallinas famélicas que picoteaban las basuras. Era mejor andar de perfil, sin detenerse a mirar a los lados. Sientes que tu mera presencia es una provocación. Las puertas de las casuchas se cierran a tu paso, las mujeres se suben un poco más el chador y los barbudos murmuran de forma inquietante.  Infiel y español, demasiadas papeletas. El paseo hasta el lugar donde el taxista ha accedido a esperarnos se hace bastante largo aunque te ayuda a comprender. El integrismo sólo se puede combatir acabando con la pobreza y para ello son necesarias reformas que suavicen la corrupción y una democracía que garantice la libertad. Sin embargo el cambio es arriesgado, puede suponer una puerta abierta para los mismos isalmistas que se quieren neutralizar. La solución no es fácil para el conjunto del mundo árabe, la disyuntiva complicada para los gobiernos occidentales, o mantenemos a los nuestros o le ofrecemos una oportunidad a millones de personas. La suerte está echada.  lnshallah.

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4 comentarios

Archivado bajo Actualidad, colonialismo, periodismo, política internacional, Uncategorized

4 Respuestas a “Nuestros hijos de puta.

  1. La verdadera democracia -con todos sus fallos- parece hoy muy lejana de estos países… y leyendo tu post reconozco que he tragado saliva unas cuantas veces… acojona…

  2. Cuéllar

    Tengo una curiosidad enorme por saber cuál será el análisis pasadas un par de décadas.
    A veces me pregunto que a los nativos digitales les ha salido un apéndice inexistente en el resto de los mortales que les convierte en una suerte de ultima versión de la especie, algo así como un “homo sapiens coagmentus”, que fagocitaran a los sapiens vulgares de toda la vida a golpe de twitter.

  3. Cristina Romero

    Hola Teo
    Me gusta como escribes
    a ver si me animo a seguirte
    abrazos

    de Julian: Rubalcaba es vuestro hijo de p…
    .

  4. Kissiger, hijo de puta entre los hijos de puta, más falso que lo falso, traidor, lameculos y asesino. Vamos una joya que nada tuvo bueno, si se hubiera muerto al nacer el muy hijo de perra, el mundo no pasaría tantas calamidades !!

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